¿Qué pasó con el amor?


¿Qué pasó con el amor en la música? Mi opinión sobre la música moderna es que en muchos lugares, el mundo parece haber entrado en una etapa que ha marcado el inicio de una era muy diferente en lo que a música y espectáculo se refiere. "¡Asombroso!", dicen algunos. Pero, ¿y el amor?

No me refiero a que las canciones necesariamente contengan temas de amor, sino al amor, afecto y aprecio que pueden comunicar los músicos a los oyentes por la manera como tratan los instrumentos, la composición musical y al público mismo a quien va dirigida su música. Porque así como la forma de trabajar un tema musical puede comunicar amor y cariño, indiferencia y apatía, u odio y violencia, también la manera de tratar los instrumentos.

Aunque una canción no trate de amor, la manera de usar los instrumentos puede reflejar cariño y aprecio por ellos, o lo contrario. Si los instrumentos son maltratados, nadie necesita la letra de la canción para darse cuenta del desprecio que el intérprete siente hacia lo que está haciendo.

Por ejemplo, se supone que los tambores, los pianos, las trompetas o las guitarras sean tocados a veces con vigor y fuerza, porque para eso están hechos. Ese es su fin. Pero si el intérprete los patea, quema o destruye, ¿no comunicaría odio más bien que amor por sus instrumentos? Es en ese sentido que estoy refiriéndome al amor. Se trata de amor por la música, por lo que uno hace, por lo que uno es... y por el público que escucha, lo cual se trasmite con la voz o los instrumentos.

El que las computadoras no solo hayan expandido la mente, sino que hayan empujado los límites de todo cuanto conocíamos en el campo de la investigación espacial, la medicina, la arqueología y, por supuesto, la música, por citar solo algunos, no significa que la música se haya degradado. Una computadora puede hacer aún más deleitables o desagradables los sonidos, dependiendo de cómo se la programe.

Internet se ha convertido en un mundo paralelo en el que Einstein con toda su sabiduría ni siquiera hubiera imaginado remotamente. Ha llegado a ser una realidad para esta generación. Una realidad paralela capaz de extraerle jugo al cerebro más seco.

Sin embargo, es interesante reflexionar en el hecho de que aunque la humanidad en general ha modificado las formas, esencialmente no ha mejorado mucho su manera de enfrentar sus problemas domésticos. Sigue creyendo básicamente lo mismo aunque la psicocibernética, el análisis transaccional, la programación neutrolingüística, la inteligencia emocional y muchas otras teorías y explicaciones han surgido como una ayuda a su entendimiento.

Las universidades descuellan de conocimiento. Sus graduandos son cada vez más sorprendentes. Las estructuras de las edificaciones son más eficientes para contrarrestar el tiempo, las inundaciones, los vientos, los terremotos y los huracanes; la ingeniería genética, la nanotecnología y la robótica, por citar solo algunos adelantos, han expandido nuestras opciones.

Y aunque vemos cada vez más niños prodigio, cuando los científicos los analizan, descubren que muchos de ellos no tienen nada de prodigiosos, sino que simplemente se trata de niños normales que aprovecharon bien su potencial, canalizándolo con disciplina y dedicación hacia un fin productivo. Sus padres, maestros y/o gobernantes perciben sus talentos a temprana edad y, en vez de ponerles piedras en el camino, les ponen alas, es decir, les dan los incentivos apropiados y las facilidades para desarrollarlos teniendo en mira un propósito definido.

Ahora la Luna está a la vuelta de la esquina. Telescopios y sondas espaciales de última generación nos anonadan con avistamientos de formaciones maravillosas de estrellas, galaxias, cúmulos y supercúmulos galácticos. Y gracias al adelanto científico estamos dirigiendo una mirada más responsable y con más interés a la profundidad de los océanos y su increíble biodiversidad.

Si le preguntamos a un experto de qué tamaño es nuestro cerebro, pero desde el punto de vista de Arcturus, no podrías imaginar cuán pequeño. Te asombraría ver que la Tierra ni siquiera aparece en los mapas del espacio sideral como una motita de polvo. ¡Cuánto menos un cerebro humano, aunque se trate del de un extraordinario científico!

En la foto Júpiter, Sol, Sirius, Pollux y Arcturus
Mira lo foto y fija tu mirada en Jupiter y trata de imaginar el tamaño de la Tierra, que tiene una masa unas 320 veces menor. Luego trata de imaginar el tamaño de una neurona dentro del cerebro. ¡Somos mucho más pequeños de lo que pensamos! Sobre todo, considerando que Arcturus es solo una de las miles de millones de estrellas que hay en el insondable universo. Si pones un cerebro humano sobre una mesa y a Arcturus a su lado, ¿a qué conclusión llegarías? Yo diría que nos hemos excedido largamente en nuestras bufonadas. ¡Qué efímero es presumir de algo!

Por donde miremos, nos sorprendemos de lo vasto que es el micro y macro cosmos, y de lo intrincado que es nuestro mundo interior, es decir, nuestra capacidad para sentir y saber, nuestra capacidad para la sabiduría y la espiritualidad. Como nunca antes se está cumpliendo el dicho: "Yo solo sé que nada sé", es decir, que cuanto más descrubrimos, más nos percatamos de lo poco que sabíamos al respecto.

Sin embargo, como dijo una vez Thomas Peters: "El hombre [ha llegado a ser] el símbolo máximo del conflicto y la paradoja". En todas partes sigue peleando y matándose como siempre y por las mismas viejas tonterías que al principio de los tiempos; sigue explotando a su semejante con el señuelo del dinero y los argumentos manipuladores; sigue dando rienda suelta a sus impulsos animales; sigue hermoseando las fronteras de su caos expansivo.

"¡Deja que tus instintos tomen el control!", te dicen. Y es cierto que en algunos casos extremos el instinto pudiera salvarnos de un peligro de muerte, y en otros pudiera impulsarnos a crear bellezas artísticas. Pero si a lo que se refieren es a dejarlo descontrolado y que tome el control de nuestra vida, estamos fritos. Eso funciona con las bestias, preprogramadas para realizar ciertas funciones dentro de ciertos límites. Por ejemplo, aunque los pingüinos emperador saltan del agua y trepan rápidamente los riscos en dos patas, sin agarrarse con las aletas, rara vez se resbalan. La mayoría lo hace bien a la primera aunque nunca lo hizo antes ni tomara clases de montañismo con equipo especial. Y es cierto que los chimpancés descubren algunas maneras de resolver problemas básicos, pero jamás se les metería en la cabeza procrear con un dragón de comodo o con una lechuza. ¿verdad?


En cambio, de cuantos tenemos conciencia y nos quejamos, ¿qué estaríamos dispuestos a sacrificar a cambio de una tranformación radical en nuestras propias vidas individuales a fin de que a todos nos vaya bien a largo plazo? Es irónico que todavía no nos pongamos de acuerdo ni cedamos posiciones en los aspectos más importantes ("¡Retroceder nunca! ¡Rendirse jamás!"). Qué lentos somos para entender lo que significa el amor y cuáles son los beneficios de entrenar nuestra conciencia. Hay un embotellamiento de opiniones, deseos y objetivos. Y tal cuando un semáforo se malogra, todos quieren pasar primero y solo provocan un embotellamiento que resulta en que nadie pasa.

Como dije en 1974, en mi canción "Si en el cielo yo viviera": "Todos quieren vivir en un mundo feliz, pero nadie quiere transformarlo (es decir, nadie parece estar dispuesto a hacer el sacrificio que se requiere para llevar a cabo una verdadera transformación)".

Después de 30 años veo que en todas partes se han enmendado las formas, modernizado los equipos, reducido el personal, simplificado los procedimientos, mejorado el trabajo en equipo y agilizado los trámites, pero en el fondo, la misma vieja filosofía autodestructiva sigue consumiendo los recursos disponibles hasta el punto de agotar y amenazar nuestra supervivencia misma: "¡Deja volar tus instintos!". ¿Y la moral? ¡A quién le interesa! Ni siquiera te sabrían contestar si les preguntaras qué es.

¿Exagero? Entonces ¿por qué la gente se mira las caras para ver quién es el primero que se anima a abandonar su auto y empieza a andar en bicicleta para ayudar a detener el calentamiento global (o mejor dicho, para que los que no quieren montar bicicleta sigan yendo en auto)? Algunos estudiosos hasta temen que la corteza de los árboles de ciertas grandes ciudades están sangrando y sus hojas se están secando prematuramente, y que hasta el recuento de microbichitos en los varones de algunas zonas muy modernas está disminuyendo, aparentemente debido a la contaminación electromagnética producto de los equipos inalámbricos *.

Por eso, la pregunta "¿Qué pasó con el amor?" no es extraña. Cada día veo más claramente las razones que tengo para creer que la gente en general no parece tener la menor intención de modificar sus hábitos en favor de un mundo mejor (lo cual significaría hacerlo por amor). Basta que uno toque el tema para que algunos se ericen como gatos: "¡Ay, qué exagerado!", "¡Ay qué alarmista!", "¡Ay qué pesimista!", todo es "¡Ayayay!".

La robótica y el 3D han permitido a los expertos generar imágenes muy interesantes que adornan las nuevas formas de expresar la música, pero ¿transmiten el afecto que se percibe cuando uno asiste a un concierto o enciende un CD player, o la televisión o la radio, para escuchar a su grupo o cantante favorito?

Nos admiramos por la velocidad a la que puede tocar alguien mediante la aplicación de técnicas modernas, pero ¿es solo un asunto de velocidad? ¿O su toque es un arreglo armonioso que despierta un sentimiento sublime en el corazón? De modo que la actitud y no la destreza con la que se toca un instrumento contribuye al disfrute, ya sea que toque bien o mal, rápido o lento, por estudio o de oído. Porque ¿qué vale más, la habilidad o el amor que uno siente por lo que hace? Y no olvidemos que el amor puede obrar milagros y hacer que hasta un manco pueda tocar guitarra.

Haz clic aquí para oír una interpretación de la Flor de la Canela a cargo de un coro de Corea. El coreano es un idioma completamente diferente al castellano. Sin embargo, el amor por la música peruana hizo que este grupo incluyera composiciones peruanas en su repertorio.

Si la música no mueve a los oyentes a condolerse, a amar o a entender a sus semejantes, ¿no sería simplemente una exhibición de habilidad? Por otro lado, algunos solo lo hacen por figurar, por ser el mejor, por sobresalir entre la multitud, por ganar un premio, por defender cierta identidad o promover una causa egoísta. Cualquiera puede usar la música como quiera, pero para que resulte productiva, tiene que haber amor en el intento. Solo así la pasión no acabará deshaciendo nuestra vida como el agua que finalmente termina cubriendo las huellas que dejamos en la orilla del mar.

La Wikipedia explica que la famosa cantante española Marisol (Pepita Flores) pasó por una infancia muy difícil. A los 15 años le diagnosticaron una úlcera en el estómago, aparentemente agravada por el estrés y el duro trabajo que soportó durante años dedicados al canto y la actuación. A esa edad ya deseaba abandonar aquel mundo cargado de presiones. Una vez dijo que tan sólo quería encontrar a un buen hombre que la amara, con el cual tener muchos hijos. Ella anhelaba mucho alejarse de todo ese mundo. ¿Alguien se atrevería a decir que era una desadaptada paranoica? ¡Claro que no! Solo reclamaba amor, un sentimiento que los que la rodeaban parecían haber desvirtuado. Cuentan que, de gira en Japón, le ocultaron por mucho tiempo la muerte de su amada abuela con el fin de que cumpliera primero con todos sus contratos artísticos. Cuando se enteró, lloró amargamente, porque amaba mucho a su abuela, quien le había enseñado sus primeros pasos de flamenco.

La música también puede ser usada para arengar a la gente. Pero no es sobre ese asunto que estoy hablando. Me entiendes, ¿verdad?

No digo que la música se estanque en el pasado. Es bueno desarrollar, progresar, modernizarse y crear nuevos instrumentos, nuevas técnicas y estilos. Pero creo que si solo me dieran dos opciones, la de volver atrás y quedarme con la Boston Pops Orchestra o ir al futuro con lo que ofrece la robótica y el 3D, no lo pensaría dos veces y me quedaría con la Boston Pops.

¿De qué serviría manipular fríamente unos tambores o trastes solo para satisfacer una pasión que a mediano plazo quizás me lleve a alterar mi mente de manera que después no pueda controlarla y a, largo plazo, perderlo todo? ¿Acaso no percibo la relación entre el amor y la supervivencia de la humanidad?

Por eso, cuando digo "dejé la música" no me refiero a que dejé de componer o de disfrutar de mi guitarra o mis canciones, sino que me alejé de ciertas cosas que estaban conduciéndome a un final que discerní que no iba a gustarme.

No deseo ser malinterpretado. No estoy contra la música ni contra los instrumentos musicales, ni contra la innovación ni la modernidad. Pero cuando la vida está envuelta, uno toma una decisión firme entre hacer lo que le gusta y hacer lo que es correcto. Estaba en juego mi vida, mi futuro y mi felicidad. Si alguien piensa diferente y cree que puede sobrellevar cosas que siente que son perjudiciales, es su vida, son sus decisiones, es su futuro y su felicidad. No lo critico.

Pero ¿soy el único? ¿Acaso no son cada vez más los que reconocen que el futuro de la humanidad ha llegado a estar en la balanza? La diferencia es que yo no esperé a ver cómo se desmoronarían los glaciares para aceptarlo; no esperé a que se extinguieran tantas especies animales, o que se inundaran las costas, o se secaran los Nevados de Pastoruri, o ver en las noticias cómo unos niños degollaron a sus padres o a sus amiguitos, o compañeros de clase que ametrallaron a sus condiscípulos. Hace 30 años lo entendí rápidamente, sin discutir. Ahora muchos de mis amigos ven que no estaba exagerando. La vida estaba verdaderamente en la balanza.

¿Y qué tiene que ver la música en esto? ¿Acaso la música tiene la culpa? ¡No! Lo que quiero decir es que todo lo que hacemos, ya sea música, relaciones humanas o cualquier cosa, afecta a los demás, en cuanto a si los derribamos o edificamos, si los impulsamos al fracaso o al éxito, si los estorbamos o ayudamos, si los despreciamos o apreciamos.

La música en sí misma no tiene nada de malo. Pero ¿qué hay de la parafernalia que poco a poco se va formando en torno al artista y que nadie puede controlar, como, por ejemplo, endiosarlo mediante la publicidad y los medios, o llamarlo ídolo, estrella o hasta dios (como en el caso de Maradona) y comenzar a tratarlo con reverencia exagerada? Tal como el engreimiento daña la personalidad de los niños, el endiosamiento daña las relaciones sociales. De modo que la manera como usamos la música, afecta de un modo u otro el futuro de la humanidad.

No es un secreto que muchos admiradores se excedan y parezcan no comprender que sus artistas favoritos también son humanos con derecho a una vida privada. El caso de Lady D fue muy lamentable. Pero ¿alguien aprendió la lección? A juzgar por los hecho, no.

Ahora bien, si solo se tratara del adelanto en electrónica, robótica, acústica, luminotecnia y 3D, no dije nada. Que siga la cosa. La música puede ser muy entretenida. Pero si alguien la usa para inspirar temor, escepticismo, rebeldía o venganza, ya no se trata de modernidad ni innovación, sino de un instrumento para manifestar la misma vieja filosofía que ha sumido a la humanidad en tanta frustración. Eso es lo que no ha variado, eso es lo que no me gusta. Los viejos tambores que se tocaban antes de un enfrentamiento solo han cambiado de forma.

Muchos que claman: "No queremos pelear", se contradicen a sí mismos cuando tildan de cobardes a los que no se involucran cuando estalla una riña. Muchos que se quejan diciendo: "No hay amor" siguen causándose daño a sí mismos y a sus semejantes de las maneras más creativas que podamos imaginar. Y si alguien propone: "¡Hay que parar!", añaden: "Tú primero".

En el campo de la música hemos desarrollado los más increíbles instrumentos y conceptos, pero no hemos adelantado mucho con nuestra manera de vernos a nosotros mismos como humanidad. En el fondo, ¿no sigue la mayoría siendo egoísta, recelosa, desconfiada, hiriente, sarcástica, desagradecida, contradictoria, criticona y renuente (por hacer una lista corta)? ¿O acaso hay alguna diferencia entre el rencor en ritmo de rock y en ritmo de jazz, huayno, merengue o tango? Tal vez parezca más atractivo, pero sigue siendo rencor.

Y no es que no podamos modificar nuestros patrones de actitudes, sino que, como comunidad, pareciera que no tenemos la menor voluntad de hacerlo... porque tampoco hallamos un incentivo para actuar. Algunos fuman no solo porque no encuentran en su interior una razón para dejar de hacerlo, sino porque quizás tienen más de una motivación para seguir haciéndolo.

Las computadoras ciertamente han abierto las exclusas del saber y han usado la música de modos increíbles. Haz clic en la foto al inicio de este artículo o en los links al final de esta oración, y verás cómo pueden entretenernos sin que por ello resulte dañino. Solo pregúntate: "¿Y el amor?". 1 2 3 4 5 6 7.

Pero hay algo más preocupante, y es que aunque desde un punto de vista antropológico alguien pudiera decir que no hay que irse a los extremos, que algunos de los grupos modernos más innovadores simplemente presentan inocentes expresiones artísticas propias de la época, uno se pregunta: ¿Es realmente el caso de que solo se trata de ser novedosos? ¿O reflejan el sentir de una generación confundida y sedienta de amor? De hecho, ¿cómo entienden el amor?

Por otro lado, es digno de nota que muchos grupos musicales y cantantes se contradigan a sí mismos cuando deforman el sentido del amor poniéndolo en el mismo nivel que una mera sensación del organismo (química pura). Mediante música producida con efectos especiales controlados por los propios intérpretes, a veces se incita explícitamente al desfogue de emociones profundamente reprimidas, especialmente la frustración.

Por ejemplo, tal vez impacten al auditorio mediante golpes extremadamente agresivos de tambor y arpegios enredadísimos de guitarra; o quizás ciertos videos muestren que ya no solo tocan sus instrumentos de un modo que de vez en cuando alcancen niveles fuertes y produzcan un clímax agradable, como serían los redobles de un tambor, los increscendos o los golpes de platillo, sino que golpean toda clase de objetos sonoros violentamente, o dan con un martillo al arpa de un piano so pretexto de extraerle sonidos nuevos, extraños o poderosos. ¿Golpearemos agresivamente los cráneos de nuestros compañeros músicos para experimentar y ver si produce algún sonido que normalmente haríamos con un teclado?

Ya no esperan al clímax. Exacerban el ánimo del auditorio desde el mismo principio para llegar a un clímax casi de inmediato, y procuran mantenerlo elevado durante la mayor parte del tiempo. El amor no es la motivación para ello, ¿verdad?

Hasta donde yo sé, el amor está más bien relacionado con el cariño, el afecto, el aprecio, la comprensión, el altruismo, el respeto, la generosidad, la paz y la tranquilidad. Es cierto que a veces pudiera alcanzar un clímax que lo ponga a prueba, pero sigue siendo amor. En cambio, cuando el clímax es lo único que interesa, ¿no es egoísmo? ¿Se puede llamar amor a la mera satisfacción de los instintos?

En otras palabras, ha surgido un tipo de música que, aunque cumple con la armonía y el ritmo, tiene componentes ruidosos que la vuelven extremadamente agresiva, excitando la pasión del auditorio hasta el punto de provocar un nada velado fervor religioso. El viejo dicho de las olimpíadas ahora parece aplicarse al volumen de los equipos: "Más alto, más lejos, más fuerte.

Por ejemplo, en vez de producir las escalas musicales con los dedos, tal vez usen palos, martillos y otros objetos contundentes en el marco de una coreografía diseñada a la perfección, ensayada profesionalmente por intérpretes que son al mismo tiempo músicos y actores que saben cómo excitar al auditorio. "¡Fantástico!", aplaude la gente, pero nadie parece percibir las consecuencias ulteriores.

Por un lado, no niego que pudiera ser interesantísimo generar nuevos sonidos, nuevos instrumentos musicales y nuevas formas de crear un espectáculo, y estoy de acuerdo en que a veces la música se escucha mejor si se sube un poco el volumen, pero los excesos a los que me refiero despiertan más que fuertes sospechas de que se trata de una influencia que no procede de la Tierra, sino de otra dimensión.

Es verdad que desde tiempos inmemoriales en algunos lugares del planeta ha habido expresiones artísticas fuertes, como, por ejemplo, los conciertos japoneses de taiko, que hoy hasta se han usado en publicidad para influir en la venta de ciertos productos. Pero los sonidos que están produciendo algunos grupos de comienzos del siglo 21 contienen componentes alucinantes de última generación que trascienden el espectáculo inocente. Pareciera que sus creadores no han calculado el daño que podrían causar en la mente, carácter y personalidad de los jóvenes y niños, y si lo han calculado, me pregunto ¿por qué lo harían? o ¿por qué aplauden las multitudes?

Tal vez alguien me tache de anticuado o zanahoria (sano), pero ¿acaso es un secreto que ha habido casos de niños que se lanzaron desde una ventana por querer volar como Superman o Jetman, o por ver ciertas películas cargadas de emoción con énfasis en la satisfacción de los sentidos? ¿Y qué hay de los asesinatos en masa cometidos en algunas escuelas por los propios alumnos?

Por la misma razón, habría que ser muy inocente para creer que los gestos grotescos de algunos intérpretes no tienen el potencial de causar daño a la mente de los espectadores. Porque aunque, como digo, se trata de sonidos que pudieran producirse artísticamente en un escenario normal, ciertos diseñadores de espectáculo añaden intencionalmente componentes que atraen a las masas dejando chiquitas a las más extremistas expresiones del rock... y dejando chiquitas también las consecuencias.

Como pieza de arte contemporáneo, o como una versión musical que pudiéramos decir que combina el taiko con el Circ De Soleil, no negaré que cierto tipo de música despierte admiración. Pero esta es mi opinión: "No porque algo sea admirable debe merecer mi admiración personal".

Por ejemplo, yo no entraría por una puerta por el solo hecho de que estuviera abierta. Primero averiguaría adónde conduce y cuáles podrían ser las consecuencias de entrar por ella. Si alguien quitara la puerta de un ascensor, podría caer al vacío si no usara mi mente para percibir el peligro.

Si solo viera una puerta abierta y la atravesara por estar abierta, no mostraría prudencia. Pagaría las consecuencias en caso de que se tratara de un ascensor en reparación. Lo mismo sucede con cualquier cosa digna de admiración, ya sea relacionada con la música, la escultura, la pintura, la escritura, el cine, el teatro u otra cosa. No porque un volcán sea admirable se me va a ocurrir zambullirme en su lava, ¿verdad?

Puedo oír piezas de arte musical clásicas o modernas, incluso desde un punto de vista antropológico, pero prefiero evitar aquellas que podrían ingresar a mi subconsiciente de manera subliminal o que me transmitieran una filosofía de vida que no estuviera de acuerdo con el amor, porque con el tiempo mi corazón se endurecería y mi vida se secaría.

En mi caso, la música que escucho está limitada por el amor, el cual funciona como un sensor de calor que me advierte cuándo debo cuidarme de oír cierto tipo de música.

Si quiero mantener el control de mi mente, no puedo cederle el control a nada ni a nadie, salvo a Dios, por admirable que sea. Y la única manera como puedo demostrarme a mí mismo que mantengo el control es no dejándome llevar por la corriente solo por el hecho de que a algunos les parezca estimulante o apasionante. No todo lo que estimula la mente es ventajoso. Si no percibo la diferencia, segaré las consecuencias como un niño que se lanza desde una ventana creyendo que puede volar como Batman.

Yo empecé a consumir cigarrillos cuando unas amigas me enseñaron a fumar en el baño de su casa y, años después, aprendí a consumir maconha, hashish, pink, anfetaminas, LSD y otras substancias. Porque me decía a mí mismo: "Si mis amigos lo hacen, ¿por qué yo no?". De hecho, yo era él único que faltaba. Pero esa fue una línea de razonamiento que más tarde me mordería como una serpiente. Hoy lo sé, y miro atrás y veo claramente todos los huecos donde metí la pata.

Los estímulos emocionales y sensoriales hicieron mella en mí y me sumieron en un estado calamitoso. Parecía que me había metido en un laberinto del cual no iba a salir nunca. Algo me decía que debía de haber una salida, pero estaba muy lejos de verla, y si la hubiera visto, seguramente no la hubiese reconocido, no hubiera tenido fuerza suficiente como para arrastrarme hasta ella por mis propios medios.

Por eso digo que, a juzgar por el fuerte contenido de los estímulos sensoriales, el nuevo tipo de expresión sonora al que me refiero ha trascendido el concepto de modernidad mediante empujar hacia el infinito los límites de la más sofisticada creatividad. Supongo que sería mejor no ser tan creativos ni expresivos si a fin de cuentas nos meteremos en un laberinto del que no podamos salir, o peor, que resultará en nuestra autodestrucción.

Habría que preguntarle a un esquizofrénico qué efecto le causaría ver y oír en concierto a ciertos grupos de música modernos, en cuanto a si lo relajan o alteran, si lo tranquilizan o estresan, si estimulan su cariño y comprensión, o su ira y sed venganza. O preguntarle a una persona sana si no se volvería esquizofrénica. Porque de que tendrá un efecto, lo tendrá... y hay daños causados al cerebro que ciertamente son irreversibles, como, por ejemplo, el síndrome de Kotar.

Una característica de dicho mal es que uno llega al punto de quemar, por decirlo así, un fusible en su cerebro y perder por completo el mapa de su cuerpo, es decir, su sentido de perspectiva y orientación, tanto hacia fuera como adentro de sí mismo. En una fracción de segundo, lo que demora un chasquido de los dedos, puede perderlo todo... y no es reversible. ¿Querríamos arriesgarnos a llegar al punto de no retorno? ¿No sería mejor alejarnos de cualquier cosa que pudiera ocasionarnos un daño así? ¡Por supuesto!

De la música violenta se puede pasar a las drogas, o viceversa, y de ahí al daño cerebral. Solo hay un paso entre cierta clase de música y el daño cerebral, pero a veces sus efectos pudieran tardar años en manifestarse.

Por eso, no creo que sea una exageración pensar que la influencia de cierto tipo de música pudiera degradar a uno y perjudicarlo en sentido moral, emocional, intelectual, o incluso, material, físico y espiritual.

No me engaño a mí mismo. Puedo percibir claramente que algunos creadores o cultores musicales no tienen ninguna intención de disimular que la finalidad de su trabajo no es solamente captar y agradar a sus oyentes o espectadores, sino, lo que es más preocupante, poner bajo total cautiverio sus sentidos, pensamientos y emociones. En pocas palabras, una apología de sumisión a influencias que a todas luces no guardan relación alguna con el amor.

En lo personal, evito ese tipo de música. Prefiero aquello que, aunque a veces alcance un gran clímax, me haga sentir que aún vivo la experiencia del amor. De hecho, miro al futuro, al tiempo en que Bach, Mozart, Beethoven * Johnny Pacheco y Pérez Prado no solo puedan fundirse en un abrazo e improvisar algo juntos, sino componer algo juntos.

Muchos no conocen al gran Liberace y pudiera parecerles extraño mencionarlo en una época en la que los estilos han llegado a ser extremadamente modernos. Pero sería interesante dar cabida al pensamiento de que este amante de la música y virtuoso del piano no solo se adelantó a su época de un salto, sino que creó para sí mismo un estilo tan personalizado que simplemente se convirtió en un músico incomparable. Él decía: "Music is a never ending learning process (La música es un proceso de aprendizaje que nunca termina)". Amó la música de un modo muy especial. "Me atreví a ser diferente", decía.

Si lees y hablas inglés, te agradará verlo en este vídeo de YouTube en el que explica cómo Strauss introdujo el vals, y con él, los orígenes del baile moderno. Allí también podrás rastrear otros vídeos de interesantes entrevistas que le hicieron a lo largo de su carrera.

La música es agradable, espiritual, hermosa, maleable, variada, armónica, expansiva, cercana, lejana, inagotable, infinita e increíble y se crea a partir de solo unas cuantas notas. Deja huellas profundas e imborrables en el centro del alma para siempre. Me resulta evidente que no fue concebida para fomentar odio, rencor, segregación, violencia, xenofobia ni vibraciones negativas, sino todo lo contrario.

6 comentarios:

  1. Mauricio Talavera Barclay15:03

    Zulu

    Me ha parecido muy interesante este artículo, especialmente la parte que hablas sobre lo que la musica te lleva a sentir y transmitir.

    Es 100% verdad que uno no debe "entrar por una puerta solo por el hecho de que esté abierta". Ese punto es muy importante y me gustaría agregar que hoy en día las puertas no solo están abiertas, sino que te llaman a gritos a entrar. Te invitan a formar parte mostrandote lo "cool" que puedes verte si la escuchas. Hoy, el amor que debería mostrar la música está siendo opacado por la moda, la cual muestra que la violencia te hace mas aceptado o exitoso en el entorno social.

    Si uno no es cuidadoso y entra en esa puerta que te muestra una pantalla de promesas irreales, puedes caer, como tu mismo has dicho, en el daño cerebral. Un daño cerebral causado no necesariamente por las drogas sino por la negatividad que ese tipo de música puede llegar a cultivar en uno mismo.

    Ese es el comentario que quería agregar a tu interesante post, sin embargo yo si creo que es importante explorar otra musica para aprender. Podemos tener como lección de la música con odio o violencia el saber a qué nos enfrentamos.

    Un abrazo

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  2. Hola, Mauricio

    Plenamente de acuerdo contigo sobre ese punto. La exploración es importante no solo para encontrar tesoros materiales, sino cualquier tipo de tesoro. En todo hay que mostrar cautela.

    La música es uno de esos tesoros. Debemos explorar nuevos sonidos y ritmos y nuevos formas de ejercer la poesía, solo que reconociendo que, así como al rastrear tesoros nos podría costar la vida si no tomamos las debidas precauciones, algo similar podría ocurrirnos en otro sentido si no discerniéramos entre lo que edifica y lo que degrada.

    Gracias por tu visita. Espero continúes disfrutando de tu navegación.

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  3. Muy lindas las canciones!!! Vi el LP en casa de Pilar, pero nunca tuve el gusto de escucharlas. Me gustaron mucho.

    Felicitaciones por el Blog.

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  4. ¡Qué linda! Gracias. Disfrútalas cuando lo desees. ¡Maravillas de la Internet!

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  5. Walter H. Galvez05:26

    La musica es pura energia. pero [en mi opinión] tiene dos vertientes , la de Dios y la del diablo .no hay medios .o alabas a Dios con amor o estas en el otro lado . dos son los que inspiran : tu escoges .un amigo futuro y tal vez, por qué no, un hermano futuro (en JESUS)

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  6. Muy interesante, Walter. Me he permitido publicar algo al respecto aquí. Espero te resulte igualmente interesante. Gracias por tu comentario y por visitar mi blog.

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