Mi encuentro con la música

¡Ete soy yoni, sentado en el carro de mi papá, en Chosica! Vivíamos frente a la casa de los Montori. Nací a principios de 1951, en la casa de mi abuela, en el distrito de Jesús María, Lima, Perú. Pero vivíamos en Chosica, Lima.

La canción más antigua de que tengo conciencia es La Raspa, una ronda que cantaban a los niños a principios de la década del 50.

No digo que "la Raspa" haya sido la canción que más me haya gustado, sino que es la más antigua de que tengo memoria. La canción que más me gusta de entre todas las canciones que he escuchado en mi vida es "Bajo el cielo de París", de Edith Piaf, cualquiera que sea su interpretación. No hay canción que me agrade más.
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Probablemente la escuché en el vientre de mi madre cuando viajó a París, en 1950. No sé si para ese tiempo Edith Piaf ya la había compuesto; o si la oí durante los primeros años de mi vida. Su melodía y armonía, su letra y la variedad de acordes, su sencillez y romanticismo me transportan a un remanso de paz y tranquilidad que no puedo interpretar con palabras.

Otra canción que hay entre mis recuerdos más tempranos es "Delicado". Prefiero la interpretación de Percy Faith (1952). Gracias a uno de mis lectores he podido encontrar un link de YouTube a aquella maravillosa canción en interpretación de Faith.

También guardo con mucho cariño el recuerdo de mi madre sentándose al piano y tocando "La Cumpartista". Y finalmente guardo a "Theme for a summer place", en interpretación de Percy Faith. Esas fueron las canciones más tempranas y significativas de mi vida y las que sirvieron de base a mi formación musical.

Lógicamente, a medida que crecía, y siendo que vivía en casa de músicos, también estuve expuesto a todas las sinfonías habidas y por haber de Beethoven, Chopin, Strauss, Bach y otros extraordinarios músicos.

Recuerdo haber escuchado canciones hermosas temprano en mi vida, como Granada y Funiculi funiculá; también La Violetera, en la interpretación de Sarita Montiel, una de cuyas canciones (Fumando Espero) mereció la censura del Papa; y recuerdo a Domenico Modugno (Volare, Ciao Ciao Bambina), a Luciano Tajoli (Al di lá), a Yves Montand (C'est si bon) y a la preciosa Rita Pavone (Qué me importa el mundo), 6 años mayor que yo. Con solo verla, uno deseaba que el tiempo se detuviera.

También recuerdo cierto fin de semana que fuimos de paseo a Ricardo Palma con la familia. El día estaba soleado y mi padre detuvo su automóvil frente a un restaurante donde un grupo de jóvenes estaba bailando una música muy alegre. Yo era muy chico y bajé a mirar. Me cautivó una joven vestida de rojo que giraba como un trompo en torno a su pareja. Nunca en mi vida habìa visto a alguien bailar así. ¡Fue un espectáculo maravilloso! Se movía de una manera tan grácil y se la veía tan feliz que seguramente puse la típica cara de tonto. Tuvieron que sacudirme para que regresara al auto. Recuerdo que miraba atrás, pensando: "Cuando sea grande quiero tener una esposa como ella". ¿Y qué estaban bailando? "Moliendo Café", una melodía que arraigó en mi memoria emocional desde la primera tonada a pesar de que no volví a oírla sino años después.

Algo que influyó mucho en mis deseos de cantar fue "Let's Get Together", que interpretó Hayley Mills en su película The Parent Trap (Operación Cupido), una caracterización simple, nada profesional, para la ocasión, porque encerraba una fuerte motivación. Ella era 5 años mayor que yo, así que parecía una reina. Su actuación me conmovía mucho. Sus películas fueron muy populares 1, 2, 3, 4

No puedo mencionar a todos los músicos ni cantantes, ni todas las canciones que influyeron en mi niñez, pero mencioné estos porque siempre los tengo presentes.

Por otro lado, recuerdo que Peter Dellis se inspiró en el arreglo musical del tema de Rita Pavone en su "Datemi un martello" para usarlo en "El Llavero y Mi Corazón", canción de mi hermano Kike [Kike Martino] con la cual ganó el premio a la mejor canción no recuerdo en qué año de comienzos del 60, concurso promovido por Guido Monteverde en el Cine Tauro, de Lima.

La música que escuchan los adultos, y las películas que ven, afectan a lo niños. Les deja recuerdos audiovisuales imborrables. Desgraciadamente, a través de los años, los niños han sido expuestos a impactos audiovisuales cada vez más cuestionables, y sus efectos se han visto con el transcurso del tiempo. Por otro lado, se logra lo contrario cuando los estímulos son apropiados.

Bueno, a principios de los 50, Chosica era un lugar exclusivo donde vivir. Y en aquel tiempo, muchas madres preferían dar a luz en casa, asistidas por un médico. Mi madre prefirió venir a Lima y alumbrarme en casa de mi abuela Carmen.

Mis hermanos mayores estudiaban en el colegio Santa Rosa, de Chosica, y mi hermana mayor, en el Beata Imelda. Pero después de cumplir los 4 años de edad, mi familia se mudó a Lima. Mi hermana terminó sus estudios en el colegio Chalet, de Chorrillos, y mis hermanos en el Santa Rosa. En la foto estoy sobre el auto de mi padre, en agosto de 1952, frente a nuestra casa en la calle Iquitos 370, Chosica. Vivíamos frente a la casa de los Montori.

Nos mudamos al distrito de San Isidro, al 1266 de la Av. Camino Real. Mis padres me matricularon en el Nido Los Capullos, de Miss Kiriki, en la calle Vanderghen, San Isidro. Y después, en el colegio Inmaculado Corazón, de estricta formación católica. Solo ofrecían desde kindergarten hasta tercero de primaria, y todas las clases, salvo [creo que] historia y geografía, se llevaban a cabo en inglés.

De hecho, en los pasillos, en el patio de juegos y en todo momento debíamos hablar en inglés. La disciplina era estricta, y todo relucía como una embajada. En los salones exhibían grandes afiches con imágenes religiosas. La que más me impactaba era la del Diablo, con su tridente, atormentando a las almas en el infierno de fuego, asándolas por los siglos de los siglos, amén. "¡Habrá que portarse bien! -pensaba yo-. O si no... ¡Wákala!".

Todos debíamos tomar clases de música como complemento. Unos escogieron el coro, otros, un instrumento. Yo escogí el piano porque en casa teníamos uno. Mis padres tocaban piano, mis dos hermanos varones tocaban piano y guitarra, y mi hermano Kike tocaba además acordeón y flauta. Mi padre y Kike eran tenores natos. Mi hermano Pancho era un campeón cantando y tocando valses en el piano y con la guitarra. Posteriormente Kike viajó a Chile, para estudiar música en el conservatorio.

Es paradójico, pero mi hermano Kike fue enfático al sugerirme que no estudiara canto. Me dijo que la voz cultivada de un tenor era completamente diferente de la de un cantante empírico, pero que la voz natural tenía un atractivo especial que se perdía cuando uno la uniformizaba para adaptarla a un coro. Yo no entendí ni papa de lo que dijo, pero me daba cuenta de que me estaba diciendo que mejor dejara mi voz tan natural como fuese posible.

Lógicamente, en caso de que yo quisiera convertirme en un tenor profesional, me dijo que entonces sí debía estudiar canto, aprender impostación para el canto y estudiar música y todo lo demás, es decir, dedicarme a tiempo completo. Pero le respondí que no quería eso, que el mundo de la ópera, el teatro y el canto profesional no me atraían en absoluto como para dedicarme a ello. Podía disfrutar un concierto o una ópera, pero no para ser un intérprete de ópera. Eso no me atraía. Nunca me imaginé viviendo la vida de un tenor.

Que no se me malinterprete. No es que no me agrade el canto profesional. Es solo que no quería ir por ahí. Nada más. Mi voz no es cultivada. Es simplemente la expresión de un aficionado a quien nunca le preocupó cantar perfecto.

¿Cómo eran mis clases de piano? Mientras aprendía a leer el pentagrama, ejercitaba escalas simples con ambas manos. Me encantaba el sonido del piano.

Como es natural, a veces le daba mal a las teclas y la instructora, una monja, me daba una feroz bofetada, ordenándome, con una horrible voz de loro: "Do it again, Miguel! (¡Hazlo de nuevo, Miguel!)". Y si volvía a equivocarme, me pellizcaba fuertemente la papada y me alzaba del asiento, acto seguido me soltaba bruscamente y me daba un fuerte cocacho. Luego decía: "Do it again, Miguel!". Eso siguió ocurriendo aunque me equivocara una nota.

El resultado fue que le supliqué a mi padre que me cambiara al coro. Ya no quería estudiar piano. Aquella monja destruyó mis sueños de ser pianista. Quisiera no guardarle rencor, pero es imposible. Fue un daño muy profundo. Cómo me hubiera gustado tener un buen maestro de música. Tal vez otro hubiera sido el resultado. Muchos niños que prosperan en la música no son prodigiosos, sino solo una consecuencia de una disciplina adecuada.

¿Y en qué colegio me matricularían cuando terminara tercero de primaria? Mis padres querían ponerme en el Roosevelt, pero por un documento que faltó, me matricularon en el Santa María, una versión avanzada del Inmaculado Corazón. Eran de la misma orden religiosa, marianistas. Solo se diferenciaban en que el Inmaculado Corazón estaba a cargo de monjas, mientras que el Santa María, de curas y brothers. Y no fueron más benignos, sino todo lo contrario. ¡Mamma mía!

Cuando tenía unos 10 años de edad, mi padre me inscribió en el Conservatorio Nacional de Música, pero no avancé. Me costaba mucho calcular los tiempos y las frecuencias musicales. Supongo que mi subconsciente había sido dañado por la monja. Ahora sentía repulsión por los puntitos y rayas del pentagrama. Todo se me ponía borroso. De modo que abandoné para siempre mis estudios de música. En ese aspecto siempre fui un aficionado autodidacta.

En la década del 70, mi hermano Kike, que para entonces había viajado a radicar en USA me envió un "Composagraph", método de música por correspondencia. Lo estudié lo mejor que pude y le saqué algún provecho. Pero aún así, nunca superé el fastidio de calcular las notas y los ritmos.

Hubo una época en mi adolescencia que comencé a juntarme con unos amigos que formaban grandes tertulias para cantar y tocar valses hasta bien entrada la noche. Pero el vals no arraigó en mí. El twist y la música de The Beatles me parecía más sublime y excitante. Aunque muchos valses eran bonitos, la mayoría era sencillamente desgarradora. De modo que no seguí frecuentándolos.

Aunque desde niño la música fue mi pasión, nunca recuperé la voluntad de estudiarla. Siempre fui un compositor, arreglista, cantante e intérprete aficionado y autodidacta.

Aunque de hecho mi hermano Kike influyó mucho en mí para dedicarme a la música, no fue el factor determinante. En mi familia, la mayoría llevaba la música en las arterias. Tarde o temprano, con la influencia de Kike o sin ella, yo seguiría por la ruta más natural para mí: la música. Lo más importante es que Kike me enseñó acordes y acompañamientos en el piano, me enseñó a marcar el compás del bossa nova y me estimuló a cantar naturalmente, sin estudio ni impostación.

Mi compositor y arreglista preferido es Antonio Carlos Jobim por su compleja sencillez. Para mí, es un genio de la música.

2 comentarios:

  1. Dodi Rodríguez Castillo06:59

    Querido Zulu : Tengo primos que han ido al Nido Los Capullos de la calle Jorge Vanderghen. Por otro lado, [creo que] la hermosa argentina que conociste alrededor de 1969 es una reconocida pintora que ahora vive en Paraguay.

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  2. Zulu07:06

    Hola, Dodi Gracias por visitar mi blog. Es tan interesante pensar, al cabo de unos 60 años, en el Nido en que uno empezó sus días. Y sí, estoy al tanto de la exitosa trayectoria de quien mencionaste en tu comentario. Que tengas muchos éxitos tú también.

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